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  •  08/09/2015  •   Social

Encuentro íntimo con un genio

El pianista Manfred Kullman, socio del RCNP, nació en el peor momento de la historia contemporánea y forjó su destino tecleando un viejo piano de pared, descifrando a Bach con la sola ayuda de su genio.

Texto: JOSÉ LUIS MIRÓ

Manfred Kullmann llegó a Palma de incógnito en 1999. Buscaba tranquilidad para su jubilación a bordo de su velero de 14 metros. Un día tocó el piano de manera informal en una fiesta a pie de pantalán y todos los ojos se clavaron en él. ¿Quién era ese músico prodigioso? Sus dedos revelaron el secreto oculto tras su timidez. Manfred era y sigue siendo uno de los intérpretes de jazz más solventes de Europa y toda una celebridad en los círculos musicales de su país. Jorge Pérez, el recordado capitán de puerto del RCNP, impresionado por lo que acaba de presenciar en el muelle, le ofreció hacerse socio del club y establecer su base vital Mallorca. Y así comenzó una “historia de amor” entre el músico y la Isla que, tres lustros después de su arribada, ha florecido con la publicación de Tramuntana, un disco lleno de lirismo impresionista que sirve en bandeja el pretexto para bucear en la vida trashumante de este hombre de mirada vidriosa, nacido en el peor momento de la historia contemporánea y que forjó su destino tecleando un viejo piano de pared, descifrando complejísimas partituras con la sola ayuda de su genio.

¿Cuándo tocó su primer piano?
Mi abuelo tenía cuatro hijas, una de ellas era mi madre. Los cuatro maridos fueron a la guerra y, poco antes de que ésta terminara, ante el avance de los rusos y los americanos, él quiso que todos sus nietos fuésemos a vivir a su casa, en Turingia. Éramos siete, más nuestras respectivas madres. Quiso mantenernos ocupados, que hiciéramos algo; se empeñó en que aprendiéramos inglés y encontró a la única mujer en el pueblo que conocía esta lengua y podía enseñarnos. También quiso que algunos aprendiéramos música y nos puso a prueba. Me esforcé para ser el mejor. Así fue como empecé a tocar un viejo piano de pared que había en la casa, uno de esos que tienen dos candelabros. Yo debía tener 5 o 6 años.

Aquellos sí fueron tiempos difíciles…
Al terminar la guerra, los rusos habían tomado Turingia… Mi padre regresó en 1948, tras haber estado preso en un campo de Siberia. Los rusos implantaron en nuestra región un sistema comunista que no nos permitía estudiar más que la educación primaria. Nuestra familia tenía una buena relación con la Iglesia, ya que mi padre había sido organista. Gracias a estos contactos consiguió, por medio del obispo, que me enviaran a estudiar a un internado en la zona occidental. La Iglesia mantenía su influencia en los dos lados, puesto que la diócesis había quedado dividida. Veía a mi familia sólo en vacaciones, porque cada vez fue más difícil ir de una Alemania a la otra…

¿Es cierto que es usted autodidacta?
Sí, se puede decir que sí. En el internado, donde éramos 200 niños, seguí tocando el piano. Al principio tomé clases con un profesor, pero era terrible, no me gustaba nada. Había tres pianos en la escuela y yo me ‘reservé’ uno. Y toqué, y toqué, y toqué… Aprendí a leer las partituras que tenían allí: óperas para piano, rapsodias, Bach, Hindemith, que entonces era muy moderno… De todo. Allí estuve desde los 11 hasta los 19 años.

Manfred Kullmann, el niño prodigio.
La verdad es que se me daba muy bien y se empezó a hablar de mí. La orquesta de la ciudad tenía programado un concierto de Bach, pero el solista no apareció por los ensayos. Hablo del año 56, más o menos. Se enteraron de que en el internado había un pianista que lo tocaba todo. Me llamaron y me pusieron la partitura delante.

¿Y la tocó?
Yo nunca la había visto antes, pero sí, la toqué bastante bien en el primer ensayo. No todo correcto, pero casi. Se preguntaban cómo aquello era posible. Me dijeron entonces que me la estudiara, pero lo cierto es que a medida que se acercó la fecha del concierto me fui sintiendo más inseguro y tuve que practicar con el organista de la diócesis, que me corrigió algunas cosas. Di varios conciertos con aquella orquesta. En una ocasión, fíjese que cambio, me sentí tan seguro de mí mismo que me puse a improvisar un solo. El director de la orquesta me dijo: “Quiero matarte ahora”. (Risas). ¡Él no sabía cómo continuar!

¿Cuándo y cómo descubrió el jazz, la música con la que llegó a ser una gran figura y con la que se ha ganado la vida?
Todo esto que le he contado fue antes del jazz… La primera vez que escuché está música fue viendo tocar a un antiguo alumno que dio un concierto de saxofón en un local fuera de la escuela. Pensé: “¿Qué hace este tipo?” Me afectó lo que hacía, cómo se expresaba con su instrumento, a pesar de su desconocimiento de la armonía. Así empezó mi interés por el jazz. Recuerdo que todos los miércoles, de dos a tres, escuchábamos swing en la radio de un amigo, en aquel tiempo no podíamos comprar discos. Yo quería improvisar, expresarme….

Me imagino que por su cabeza no pasaba nada que no fuera ser músico profesional.
Siempre tuve claro que quería ser músico, nada más en el mundo, pero mi padre estaba empeñado en que estudiara una carrera. No tenía dinero para ir a la escuela de música de Francfort, así que empecé a estudiar matemáticas, pero sin ninguna pasión… Había ganado algún dinero acompañando a vocalistas, que entonces tampoco podían practicar con música grabada, y tenía una cierta fama porque transportaba fácilmente las partituras a otros tonos y las acomodaba a la voz de las cantantes. También había hecho de pianista para orquestas de baile y colaborado con Radio Hannover. Así fue como, poco a poco, fui abriéndome camino en la música.

¿Y qué fue de las matemáticas?
Un amigo trompetista me ofreció hacer unos bolos en Francfort y no me lo pensé dos veces. Le dije a mi padre: “Me voy”. Y me llevé una maleta y mis sueños. La cosa nos fue tan bien que no tuve tiempo ni de inscribirme en la escuela de música. Trabajábamos muchísimo en los clubes de las bases americanas, había un montón de ellas por todas partes… Treinta, cuarenta, cincuenta, no sé. Los clubes tenían mucho apoyo del gobierno americano y programaban conciertos de grandes estrellas para entretener a sus soldados. Tocábamos todas esas piezas que luego se han llamado ‘standards’. Los músicos alemanes llevábamos siempre un librito donde anotábamos lo que escuchábamos, nos transmitíamos el conocimiento unos a otros. Era nuestra forma de comunicación. Con los americanos estuve hasta el año 68.

¿Qué músico le influenció más en aquellos inicios?
El primer gran intérprete que recuerdo fue Chet Baker. Su música me fascinó, aquellas armonías, la manera tocar… Era fantástico.

¿Fue usted a América?
Nunca fui a América como músico. A otros compañeros que fueron no les salió bien, no les acogieron bien… Los sindicatos ponían muchas dificultades a los que venían de fuera. Muchos volvieron al cabo de un año. En Inglaterra pasaba algo muy parecido, era casi imposible trabajar de músico si eras extranjero.

Manfred Kullmann se hizo un nombre en la orquesta de la televisión alemana. ¿Cómo llegó allí?
Al terminar el trabajo con los americanos me di cuenta de que no tenía casa, de que me había pasado la vida yendo de un lado para otro con mi maleta. Pensé que había llegado la hora de tener un hogar y me establecí en Francfort. Esto ocurrió después de un viaje a una base de Turquía, donde estuve tocando para una emisora de radio. Había hecho muchos contactos y me enteré de que la Radiotelevisión de Francfort estaba interesada en el jazz, pero no había muchos músicos familiarizados con este estilo. La orquesta de la radio había surgido al final de la guerra y tenía un pianista muy bueno, pero apenas dominaba el jazz. Toqué con su big band en bastantes conciertos por varios países europeos: Bulgaria, Checoslovaquia… Pero lo más importante fueron las grabaciones que hicimos con grandes estrellas americanas que venían de gira. Alcanzamos un nivel muy alto en poco tiempo. En aquel tiempo yo era free lance, puesto que tenían un pianista titular.

¿Y empezaron las grabaciones?
Sí. Grabábamos mucho, no sólo jazz. También fueron años en los que acompañé a muchos cantantes que aún hoy, tanto tiempo después, siguen activos. En este periodo, que va desde principios de los 70 hasta 1983, empecé a componer. Mi primer tema propio surgió a raíz de una petición de un violinista. También compuse para la orquesta de la radio y la cosa fue a más porque empezó a correr la voz. Gané mucho dinero haciendo música para publicidad. Estaba muy bien pagada. Se puede decir que gracias a ello me pude comprar el barco con el vine a Palma en 1999 (risas).

¿Cómo compone? ¿Se sienta al piano y espera a que venga la inspiración o las ideas surgen en cualquier momento?
El proceso de composición, en mi caso, suele surgir de una idea que luego voy desarrollando sentado al piano. En el último disco hay un tema, Musitana [el que abre el el álbum Tramuntana], que me vino a la cabeza mientras estaba paseando a mi perro… Empecé a tararear la melodía porque me sentía optimista. Esto me ha pasado muchas veces. Yo no escucho mucha música grabada, mi música está en mi cabeza.

Ha dicho que su vida ha sido la de un trotamundos. ¿Dónde están sus recuerdos?
He grabado muchos discos, sobre todo como intérprete, pero no los guardo. No tengo ni idea de dónde pueden estar. Soy un gitano. Hasta los 18 años no tuve nada… Bueno sí, una maleta vieja. Y luego ya no me interesó mirar atrás. No soy de los que miran fotos antiguas, siempre voy hacia delante. Puede parecer una locura, pero es así. Tenía una foto tocando a cuatro manos con Chick Corea, pero no tengo ni idea de dónde está. Tenga en cuenta que cuando dejé mi casa de Francfort y decidí vivir a bordo de mi barco tenían allí un montón de cosas que no me podía llevar. Regalé todos mis libros y me fui.

Su barco. Hábleme de él.
Mi velero es un prototipo de aluminio de 14 metros preparado para grandes navegaciones. Como le decía, cuando me llego la posibilidad de jubilarme, después de haberme separado de mi mujer, pensé qué podía hacer con mi vida a partir de entonces. Y no lo dudé. Me voy en barco, me dije… Era una idea que me venía rondando desde tiempo antes, pero nunca me había terminado de decidir. Tenía experiencia porque había alquilado barcos en el Sur de Francia, en Holanda, pero no tuve el mió propio hasta que me jubilé. Lo traje al Mediterráneo desde el Rhin por los canales de Francia y a través del Ródano. Un amigo de Francfort fue quien me recomendó venir a Mallorca. Estuve un mes y medio amarrado en Andratx y conocí la Serra de Tramuntana recorriéndola en bicicleta. Me enamoré. Luego me establecí en el Real Club Náutico de Palma, en la época en la que Jorge Pérez era capitán de puerto. Me vio tocar el piano en una de esas fiestas con paellas que organizan en el pantalán y me ofreció quedarme como socio. Y así hasta hoy.

Ha tardado mucho en hacer su primer disco en Mallorca.
Sí. Tramuntana es el primer disco que he compuesto desde que llegué hace 16 años. Creo que he captado el aire de la isla, de la música de aquí, pero de una manera inconsciente, sin darme cuenta… La influencia de Mallorca es absoluta. Por ejemplo, la composición Hojarasca [cuarto corte del CD] surgió mientras estaba sentado en un banco frente a unos árboles y la brisa empezó a mover las hojas. Es una situación que, probablemente, no se hubiese producido en Francfort, por lo que está canción no existiría si yo no viviera en Mallorca. Es una pieza de jazz impresionista. Cada composición siempre tiene detrás una pequeña historia, un cuadro, una imagen, un sentimiento… Esto es posible porque el jazz es una música abierta.

¿Por qué está enamorado del piano del RCNP?
Es especial por su sonido, por la manera en que fue construido y los materiales que se utilizaron. Mire, cuando empecé a trabajar en la radio televisión de Francfort me dieron a elegir entre doce pianos de cola Steinway & Sons en la fábrica de Hamburgo. ¡Necesité una semana para decidirme! Cada piano tiene algo único, a pesar de que estén hechos y afinados por las mismas personas. La primera vez que toqué el piano Bösendorfer del club me encantó su sonido, y le aseguro que yo venía de tocar con instrumentos que estaban perfectos. Es un patrimonio de este club y me siento honrado de poder tocarlo.